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El Caso de Leopold y Loeb

Ficha pilicial

Nathan Leopold y su amigo Richard Loeb se aburrían. Corrían los años 20 en Chicago y sus familias formaban parte de una élite judía millonaria. Para Richard el crimen no era más que un ejercicio intelectual, un reto para una mente privilegiada. En su obsesión arrastró a Nathan, que estaba dispuesto a seguir a su amigo hasta el mismísimo infierno.

El 21 de mayo de 1924 alquilaron un lujoso coche utilizando un nombre falso. Convencieron a un chico de 14 años, Bobby Franks, para subir al coche y conducirle a su fatídico destino. Primero le golpearon con un escoplo y a continuación le introdujeron trapos hasta la garganta. No tardó en morir. Le desnudaron y le rociaron con ácido la cara y los genitales para dificultar su identificación. Finalmente dejaron el cadáver en el cauce del lago Wolf, donde fue encontrado al día siguiente.

Ambos escribieron una carta mecanografiada pidiendo a los padres de Bobby un rescate de 10.000 dólares. Para no dejar rastro, tiraron la máquina de escribir al estanque del parque Jackson. Los padres de la víctima ya estaban dispuestos a pagar cuando se encontró el cuerpo del chico.

El crimen perfecto se desvaneció por un descuido: a Leopold se le cayeron junto al cuerpo sus carísimas gafas con pernos especiales. Sólo se habían vendido tres pares de gafas con esos pernos en la ciudad de Chicago, y entre los compradores figuraba, por supuesto, el nombre de Nathan Leopold.

Era sólo un experimento– contestó Leopold cuando le interrogaron. El niño rico era un fanático tergiversador de la teoría del superhombre de Nietzsche y encontró en Loeb a su mejor cómplice. Querían demostrar que eran capaces de cometer un crimen que incluyera tres delitos: extorsión, secuestro y asesinato.

Su abogado defensor, Clarence Darrow, hizo un extenso alegato de doce horas durante el juicio. En su discurso destacó la edad de los chicos y argumentó locura transitoria utilizando la homosexualidad de los asesinos. Ésta era considerada, por la sociedad del momento, una desviación que evidenciaba una enfermedad mental subyacente.

El juez Claverly les libró de la horca, pero les condenó a cadena perpetua por el crimen más 99 años de cárcel por secuestro. Doce años después, Richard fue asesinado por un preso llamado James Day, que le degolló y asestó una cincuentena de navajazos. Alegó que estaba cansado de los ataques sexuales de Loeb. Leopold salió de prisión en 1958 y se estableció en Puerto Rico. Decía que siempre había amado a Loeb y aseguraba que se arrepintió de su crimen después de ocho años en prisión. No antes. Murió de un ataque al corazón en 1971.